
La idea nuclear que aglutina a los miembros de Ciudadanos para el Progreso es que cada persona es libre, dueña de sí de un modo íntimo, irrenunciable y absoluto. Esa libertad es constitutiva, natural, propia del ser humano por el hecho de serlo, y es ella la que nos confiere una dignidad de la que emanan todos y cada uno de nuestros derechos.
Así pues, la libertad, por ser la fuente de la dignidad humana y del derecho, es un valor absoluto y como tal ha de ser respetado, protegido, defendido y acendrado por las personas y las instituciones; de ahí que las únicas sociedades habitables sean aquéllas en las que se crean las condiciones para que los ciudadanos puedan disfrutar del mayor grado posible de libertad, aquéllas en las que cada uno encuentre un espacio de garantías en el que nadie ni nada interfiera para que pueda expresar sus ideas y convicciones; en el que ninguna persona ni poder nos impida llevar a cabo nuestros proyectos de vida individuales, nuestras preferencias y metapreferencias, nuestros sueños e ilusiones, los que nos singularizan, los que nos convierten en seres únicos.
Para que los humanos podamos disfrutar de la libertad que nos constituye es preciso, ante todo, que contemos con la seguridad de que nadie va a amenazar nuestras vidas ni nuestra integridad. La libertad, en efecto, es, ante todo, vivir en un entorno en el que la vida y la seguridad personales no se vean atacadas.
Pero también es preciso que podamos pensar y expresar nuestras ideas sin más restricciones que las que emanen de un estado de derecho que proteja el honor y la intimidad de cada uno. Este aspecto de la libertad cristaliza en las sociedades avanzadas en forma de libertad de cátedra, libertad de creación, libertad de conciencia, libertad de prensa, libertad religiosa, libertad sindical y libertad política.
En tercer lugar, la libertad incluye también el derecho a disponer libremente de nuestras haciendas. Al ser el hombre dueño de su cuerpo y de su vida, es dueño también de su trabajo y de los frutos de éste. En efecto, el hombre transforma su entorno, a costa de su esfuerzo y en su propio beneficio, y a esa actividad la llamamos trabajo. Es el trabajo lo que convierte a las materias brutas en recursos aprovechables; consecuentemente, el trabajador es el único dueño legítimo de aquello que produce su labor y, en cuanto tal, posee un derecho pleno a intercambiarlo con cualesquiera otros para beneficio mutuo. Nada ni nadie podrán arrebatarle todo o parte de ese beneficio. De ahí que Ciudadanos para el Progreso defienda la libertad de comercio y de empresa, por ser ellas las que, unidas a una ética del trabajo, fomentan la perfectibilidad natural del hombre y permiten que los individuos y las sociedades caminen por la senda del progreso.
Estos tres rasgos de la libertad: la seguridad, la libertad de pensamiento y la libertad económica se refuerzan mutuamente, y así, las sociedades abiertas son mucho más seguras y más prósperas que aquellas en donde la libertad se encuentra secuestrada. El profesor Amartya Sen obtuvo el Premio Nobel de Economía por haber demostrado en sus estudios sobre la relación entre la economía y las formas de organización política que para que un país deje de padecer hambrunas basta con que se imponga la libertad de prensa.
Ya nadie pone en duda, por otro lado, que la seguridad sea una condición necesaria del progreso económico. Y otro tanto podemos decir de la inversa: allá donde florecen el comercio y la industria, aumentan también las garantías de vida pacífica. La paz, en efecto, no llega a las naciones en el zurrón de los predicadores, ni en el de los moralistas, ni en el de los filósofos, ni en el de los utópicos, sino en el de los comerciantes y banqueros. Fue en el curso de ese gran movimiento civilizatorio que damos en llamar “Ilustración” cuando se puso de relieve la existencia de una serie de virtudes morales asociadas a la aparición del capital, cuya defensa vigorosa fue parte fundamental de la lucha que aquellos pensadores libraron contra las fuerzas de la reacción. El interés (ya no llamado usura) se defiende entre los ilustrados como la mejor manera de aplacar las pasiones guerreras de una aristocracia demasiado bien dispuesta a sacar el sable y participar (en nombre de su Dios, o de su Honor, o de su Patria) en guerras, saqueos, expolios y exterminios. El comercio, la industria y el capital son vistos por Hume, por Mandeville, por Bentham y por tantos otros como los mejores remedios para calmar las furias de estos señores de la soberbia guerrera. Montesquieu otorga a esta idea una expresión cabal en dos citas celebérrimas de El espíritu de las leyes: “Los hombres son afortunados al estar en una situación tal que, por más que sus pasiones les inclinen al mal, sus intereses les inclinan a lo contrario.” La pasión inagotable por la acumulación de capital lleva a los hombres a inclinarse por la paz y la cooperación que permiten que fluyan las mercancías y los capitales: “Es casi una regla general que allí donde hay costumbres apacibles existe el comercio, y que allí donde hay comercio hay costumbres apacibles.”
Este principio, que fue válido frente a la aristocracia del dieciocho, sigue siendo válido frente a las fuerzas de la reacción que amenazan las libertades en el siglo XXI. Los teóricos de la Globalización han puesto de relieve que aspectos de la nueva economía como la salida a bolsa de las punto.com; el abaratamiento y la extensión de las aplicaciones informáticas que facilitan el flujo de trabajo (Workflow software); el acceso libre a los códigos-fuente (Open-Sourcing); la subcontratación del servicios en distintos países (Outsourcing); el traslado parcial o total de las fábricas para abaratar costes (Offshoring); la extensión y perfeccionamiento de las cadenas de suministros (Supply-Chaining); la Intromisión de los subcontratistas en las empresas contratantes (Insourcing); el acceso libre a la información que permite la extensión de internet (In-forming); los adelantos técnicos que suponen la extensión de la conectividad sin cables, el peso y precio cada vez más reducidos del hardware, etc; todo ello ha dado lugar al surgimiento de unas nuevas relaciones económicas multinacionales que, entre otras cosas, han servido para conjurar los fantasmas de las guerras transfronterizas, pura y simplemente por el hecho de que resulta imposible determinar cuál es la patria de las empresas, propiedad en su mayor parte de fondos de inversión en los que se depositan los ahorros de millones de personas, que confían en ellos para mejorar sus pensiones u ofrecer una educación mejor a sus hijos; y porque, como demuestran los estudios sobre el crecimiento económico de teóricos como Xavier Sala i Martín, cada vez hay más millones de personas que, desde todos los rincones del globo, han sabido aprovechar este flujo de riqueza, no sólo para librarse de la miseria, sino para reivindicar que se hagan efectivos el respeto a sus derechos y el fin de las tiranías. La extensión de las democracias supone la extensión de la paz, pues, como demuestra la experiencia histórica, las democracias no hacen la guerra entre sí.
La paz, pues, aparece como una consecuencia de la libertad de comercio y de la extensión de la democracia. Y otro tanto ocurre con el progreso. Veíamos más arriba que toda la riqueza proviene del trabajo. La industriosidad es la virtud humana que nos confiere una capacidad innata de progreso. Para que tal capacidad sea efectiva los hombres tan sólo necesitan que los dejen trabajar en paz y seguridad, así como que les permitan disfrutar de la riqueza que generan con su esfuerzo y transmitirla sin rapiñas a su descendencia. Una sociedad pacífica; unas fronteras tranquilas y limpias de aranceles; un marco jurídico que garantice las libertades individuales así como el cumplimiento de los contratos y de las leyes del comercio, y un Estado delgado, que no cargue sobre los hombros de los ciudadanos con más lastre impositivo que el estrictamente necesario es todo lo que necesitan los hombres y las naciones para desplegar con eficacia su capacidad de progresar.
De este modo, la extensión de la democracia, del libre comercio y de las libertades individuales se presentan como el camino más seguro para escapar de la pobreza. La marginalidad, la discriminación y la miseria encuentran su vía de solución cuando las naciones permiten a los ciudadanos que construyan su modelo de vida por sí mismos. Las democracias liberales, las sociedades abiertas son las únicas que dan respuesta a lo que los clásicos llamaban “la cuestión social.” Así lo ha demostrado la historia del siglo XX y ésa es también la apuesta de Ciudadanos para el Progreso.
Por último, en Ciudadanos para el Progreso entendemos que no es posible la libertad, ni la paz, ni el progreso, si no se garantiza un elemental principio de igualdad formal entre todos los ciudadanos. Así lo vieron los antiguos griegos cuando, por primera vez en la historia de la humanidad, se libraron de sus tiranos y conquistaron su propia libertad. Cuenta Herodoto que en Samos, Maiandros sucedió a Polícrates hacia el 510 a. C.; pero en lugar de continuar el régimen tiránico de éste, erigió un altar a Zeus Liberador alrededor del cual convocó en asamblea a todos los ciudadanos. Allí, les dirigió el siguiente discurso: “Vosotros sabéis que me ha sido confiado el cetro y el poder todo de Polícrates [...] Ahora bien, Polícrates no tenía mi aprobación cuando dominaba despóticamente sobre hombres que son sus semejantes; por tanto, yo deposito el poder en el centro y declaro solemnemente a favor vuestro la isonomía.” La isonomía, la igualdad de todos y cada uno ante la misma ley: sobre ese principio nació la democracia griega; fue ese principio el que hizo surgir las modernas democracias liberales; y es esa isonomía la que ahora queremos defender desde Ciudadanos para el Progreso.
Todos estas manifestaciones de respeto por la libertad individual en todas las facetas a que nos acabamos de referir se dan en las llamadas democracias liberales, una forma de organización política que, allá donde se implanta, promueve el progreso, la paz y la prosperidad de los hombres sobre la base de subrayar el respeto por un marco legal constitucionalista que defienda con toda radicalidad la libertad y los derechos de los individuos, frente a otros individuos; de las minorías de individuos, frente a las mayorías (incluidas las mayorías democráticas); de las mayorías, frente a las minorías organizadas o grupos de presión, y de todos, frente al Estado, que se legitima en la medida en que se constituye en el garante explícito de la seguridad de cada uno y el respeto de todos a la misma Constitución.
Por todo ello, Ciudadanos para el Progreso asume como propia la defensa de la idea, de la realidad, de la historia y del proyecto de España. Porque entendemos que la nación española es un cúmulo de afectos compartidos que tienen su raíz en los muchos siglos de una historia común que culmina en la Constitución de 1812, y porque la España Constitucional se constituye como la mejor garantía de la preservación de los derechos y libertades de todos.