

De la última película firmada por Clint Eastwood llegaron a España pocas copias (apenas doscientas treinta), acompañadas de una promoción muy modesta que denotaba la poca fe que en ella ponía la distribuidora; a pesar de lo cual, pegó el pelotazo en la taquilla desde la primera semana; lo que, visto a toro pasado, no deja de tener su causa razonable, dado que la película configura un discurso insólito, portador de virtudes emancipatorias para lo que supone el calabozo estético/ideológico en el que andamos metidos de unos años a esta parte. Permítanme que me explique.
En el plano puramente técnico, destacan un manejo de la cámara y un montaje cristalinos, por invisibles, lo cual se agradece infinito en estos tiempos de “DOGMAS”, steady cams, contrapicados sin fuste y todo un zurriburri de virtuosismos de lo áspero, lo oscuro y lo cutre que sólo propician la melancolía y la conjuntivitis. Eastwood, además, se hace acompañar de unos actores impecables, tanto más empáticos, cuanto menos glamurosos; y él destaca en medio de todos ellos como un coloso, capaz a sus ochenta años de llenar la pantalla con su sola presencia física.
Con ser lo anterior importante, a mi juicio el fundamento de la película se asienta en el guión: una obra maestra de la escritura cinematográfica que te atrapa desde el primer fotograma y que topa de frente con la ética y la estética dominantes en este país nuestro de almas de nardo forjadas en los estros poéticos de la socialdemocracia.
¿Cómo no nos vamos a enamorar de ese anciano al que no se le pasa por la cabeza llamar a la policía cuando nota que se le ha metido un ladrón en la casa, sino que sale a defender lo suyo con su fusil y con sus huevos? Eso cuando aquí hubiéramos acudido llorosos al Estado para que nos enviara a una docena de guardias y a un centón de psicólogos que justificaran al ladrón y nos consolaran de la sofoquina ¿Cómo no nos vamos a emocionar al ver a un anciano que asume la tarea de educar a un adolescente, de hombre a hombre, en virtudes que creíamos perdidas, como la del valor moral del trabajo, la responsabilidad, el esfuerzo, la hombría, la excelencia o el sacrificio? Eso cuando aquí hemos renunciado a desarrollar cualquier atisbo de fibra ética, a cambio de ver cómo el Estado se hace cargo de formarnos a todos en la misma moralina socialdemócrata que se imparte a través de la educación para la ciudadanía. ¿Cómo no nos va a resultar vivificante ese viejo dispuesto a luchar por su libertad y la de los demás, la de una muchacha vietnamita, por ejemplo, insumisa como él e incapaz de agachar la cabeza ante unos pandilleros dispuestos a adueñarse de las calles de su barrio? ¿Cómo no nos va a gustar ese cochazo que da título a la película, al que adivinamos unas emisiones que desatarían la histeria del loby ecólatra? ¿Cómo no vamos a admirar a ese hombre que lo da todo por sus amigos, cuando nos hemos convertido en un país de cobardes que abandonamos reiteradamente a nuestros aliados, cargados de vergüenza y por la puerta de atrás? ¿Cómo no nos va a resultar fascinante ese pobre viudo que sacrifica todo por un oriental cuya cultura desprecia, lo que no le impide apreciar al humano que late bajo esa forma de ver el mundo tan distinta de la suya? ¿Cómo no vamos a vibrar cada vez que este caballero contraviene todo lo prescrito por la corrección política que atenaza el discurso de nuestro tiempo? Porque, digámoslo claro y de una vez: lo de la corrección política es una variante particularmente gilipollas del nazismo. Sustituir el término “negro” por “afroamericano” o “subsahariano” es un ejercicio fascista que no hace sino detenerse en la corteza de las palabras para ahorrarnos el trato con las personas. Clint Eastwood nos ha dejado claro en este su testamento cinematográfico que uno puede mirar a los ojos a un italiano, a un negro o a un chino, burlarse de su piel y de su cultura, aguantarle que él haga otro tanto con las nuestras, y, acto seguido, construir una amistad imborrable con cualquiera de ellos. “El Gran Torino” nos emociona, porque nos recuerda que la verdadera moralidad es pasarse por el arco del triunfo las etnias y las culturas, y reconocer la humanidad allá donde se encuentra; no disfrazar el desprecio de cursilería, sino elevar la vida propia y la de todos con un sentido insobornable de la libertad y la dignidad humanas. Una gran lección, en suma, que esperemos que no nos llegue demasiado tarde.
Publicado en el diario "La Opinión" de Murcia, el jueves 16 de abril de 2009
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