

“Ser infantil es una forma regresiva de enfrentarse a la tensión de la cultura social. Se pone énfasis en lo subjetivo: cómo nos sentimos ante las cosas es más importante que lo que pensamos o sabemos de ellas. Queremos crear una especie de Lourdes lingüístico, donde la maldad y la desgracia desaparecerán con un baño en las aguas del eufemismo”.
Robert Hughes. La cultura de la queja.
“Conciencia2” es el eslogan que Televisión Española ha acuñado como marca distintiva de algunas de sus motivaciones altruistas. La última de ellas, “Conciencia2 con Haití”, trata de solidarizarse con los damnificados por la reciente catástrofe. Repárese en el formato: la conciencia ha sido elevada al cuadrado, supongo que con la intención de dar al vehículo fonético una mayor carga semántica junto con un ligero toque de posmodernidad. Claramente, intenta decirnos que ser moderno no está reñido con ser solidario, al contrario. Y también nos dice que los autores de la retórica de la solidaridad, la sostenibilidad o la igualdad de género -por citar los tres asuntos más recurrentes- son los primeros en apuntarse a la deconstrucción del lenguaje y a las nuevas formas subliminales de la comunicación.
Obviamente, que Televisión Española utilice un eslogan así en un gesto de solidaridad con Haití no es, en sí mismo y dadas las circunstancias, criticable. Pero lo cierto es que cuanto más se abusa del concepto de solidaridad -como recurso publicitario e ideológico cada vez menos disimulado-, más clarividente parece el diagnóstico de Hughes, cuando se refiere a la instrumentalización de los sentimientos como un intento de excluir el pensamiento y la racionalidad. Como ocurre con el resto de las emociones, la solidaridad sólo es espontánea y verdadera cuando se proyecta sobre nuestro círculo más próximo de allegados, sobre los que tenemos más cerca, y va perdiendo su sentido conforme el círculo se amplía. Como están tan empeñados en hacer que la solidaridad tenga una significación social y se proyecte sobre la humanidad en su conjunto, ha terminado por ser un término sobreexplotado que no significa nada. Pero las causas sociales están lideradas por unas iglesias que pretenden ostentar el monopolio de la bondad, y necesitan explotar los sentimientos del ciudadano-espectador para inducir en él un superficial remordimiento, un leve sentimiento de culpa que le lleve a empatizar con las víctimas de la desigualdad y de la injusticia universales.
La conciencia social es un mecanismo inducido para evadir el pensamiento y la acción. Para el ciudadano-espectador que asiste al discurso sentimentalista, donde los seres humanos son ante todo víctimas u opresores, estar “concienciado” de un problema no significa conocer las causas de ese problema ni tener una opinión fundamentada al respecto. Significa justamente no tener que hacer ninguna de esas cosas, y limitarse a estar emocionalmente implicado en una causa. Así se matan dos pájaros de un tiro, porque el ciudadano-espectador no está, por lo general, muy seguro de qué hacer ni qué pensar ante los problemas colectivos, pero le reconforta mucho adherirse a un tipo de concienciación que no exige de él más que un altruismo vacío y una filiación irreflexiva. Como ciudadanos-espectadores, nuestro principal deber cívico es estar concienciados de los problemas sociales, sin que nos esté permitido transgredir el lenguaje acrítico y sentimentalista que se ha ido forjando en torno a ellos. Para ser solidario con los que padecen la pobreza y la adversidad, sólo me piden que sufra y haga de su tragedia la mía propia, además de ofrecer, si puedo, eventuales colaboraciones simbólicas en algún telemaratón solidario. Pero no me piden que cuestione el funcionamiento y la eficacia de las miles de ONG desplegadas, ni que denuncie la corrupción de las burocracias locales e internacionales, ni que defienda la eliminación de todas las restricciones a la libertad económica, ni que apueste por la necesidad de implantar gobiernos más transparentes y democráticos. Todo esto apunta a las causas de los problemas, pero a los publicistas de la solidaridad esto no les interesa, porque no pueden aprovecharlo para sus intereses económicos, ideológicos y de imagen. Todo se queda en el gesto, en el formato, en la sobreactuación.
No hay nada que objetar a que se vuelquen las ayudas y la cooperación internacional en la reconstrucción de un país devastado. Rechazar la cultura sentimentalista de la concienciación es más bien afirmar la primacía del lenguaje y el juicio crítico sobre las imágenes y los sentimientos. No es que éstos tengan nada de malo. Es que el ciudadano es, además de espectador, individuo, y tiene que sobreponer su independencia a las ofensivas políticamente correctas de manipulación que tratan de absorber su conciencia e inundarla de tanto sentimentalismo fingido, inútil y contraproducente.
Publicado en La Opinión, 28 de Enero de 2010
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